«Hoy debería cenar menos».
La frase parece contener una decisión, pero deja fuera lo más importante: por qué.
¿La comida anterior ha cambiado lo que necesitas ahora? ¿Tienes una orientación nutricional que estás aplicando? ¿O sientes que debes corregir algo porque has comido de una manera distinta de la que considerabas aceptable?
Por fuera, la cena puede parecer la misma. El criterio con el que la has elegido es diferente.
Hay reglas alimentarias fáciles de reconocer porque alguien te las ha dado por escrito. Otras aparecen como conclusiones propias, costumbres o frases que llevas tanto tiempo utilizando que ya no recuerdas cuándo empezaron a resultar obligatorias.
No necesitas conocer el origen de todas para revisarlas. Puedes empezar por algo más próximo: comprobar qué están decidiendo por ti hoy.
Una regla puede quedarse cuando ya has olvidado su motivo
Una recomendación suele llegar acompañada de una explicación. Con el tiempo, puedes conservar la instrucción y perder parte de ese contexto.
«Me conviene ajustar esta cena» acaba resumido en «por la noche hay que comer poco». Una indicación que respondía a una situación concreta se convierte en una norma para cualquier día.
También puedes sacar una conclusión a partir de una experiencia. Cambias algo, observas un resultado y decides que debes hacerlo siempre. Pero aquella experiencia no explica necesariamente qué parte del cambio fue útil ni si necesitas mantenerlo de la misma manera.
Así, una regla puede seguir influyendo en tus elecciones mucho después de que hayas dejado de preguntarte para qué sirve.
Eso merece una revisión. Sobre todo cuando las circunstancias han cambiado o cuando cumplirla te está complicando la alimentación.
El «tengo que» puede hacer que dejes de comprobar
Las reglas ahorran decisiones. Si ya sabes lo que vas a hacer, no necesitas valorarlo desde cero en cada ocasión.
Por eso pueden ser útiles.
El problema aparece cuando cumplir la frase sustituye a mirar lo que necesitas. «Tengo que terminarlo» puede seguir dirigiendo tu comida aunque te hayan servido una cantidad excesiva para ti. «Tengo que cenar ligero» puede llevarte a elegir muy poca comida sin haber aclarado qué significa ligero.
Una palabra vaga empieza a funcionar como una instrucción precisa.
Además, puedes dar más autoridad a una norma por lo mucho que la has repetido o por lo familiar que te resulta. Que te incomode hacer algo distinto no demuestra, por sí solo, que la alternativa sea inadecuada.
Antes de obedecer automáticamente, conviene recuperar la explicación que debería acompañarla.
Una referencia nutricional tiene una finalidad: atender una necesidad, ajustar una cantidad o facilitar una forma de comer adecuada. Debería poder explicarse con algo más que «porque hay que hacerlo así».
Cuando intentas cumplir reglas que se contradicen
Puedes haber reunido instrucciones que no encajan entre sí:
«No dejes comida».
«No comas más de lo que necesitas».
«Aprovecha cuando hay algo especial».
«No te salgas de lo previsto».
Cada frase parece clara por separado. Juntas pueden dejarte sin una decisión que te parezca aceptable.
Si terminas una ración demasiado grande, incumples una norma. Si dejas parte, incumples otra. Si aceptas algo que te apetece, te has salido del plan; si lo rechazas, has desaprovechado la ocasión.
No hay una cantidad de esfuerzo que permita resolver siempre instrucciones incompatibles.
Necesitas decidir qué corresponde atender en esa situación. Evitar el desperdicio incluye cómo compras, cuánto preparas y qué puedes conservar. Ajustar lo que comes requiere una referencia sobre tus necesidades. Agradecer una comida también puede expresarse con palabras.
Cuando separas esos asuntos, tu plato deja de tener que resolverlos todos a la vez.
Revisar una norma no obliga a quedarte sin orientación
Hay una diferencia entre tener referencias y aplicarlas de forma rígida. La investigación ha estudiado ambas formas de control alimentario y ha encontrado diferencias en su relación con las dificultades para regular la ingesta. No son simplemente dos nombres para lo mismo.
En la práctica, puedes mantener una pauta que te ayuda y aprender qué adaptaciones admite.
Conviene, eso sí, distinguir una recomendación sanitaria de una exigencia que has incorporado por tu cuenta. Una restricción indicada por alergia y la idea de que «comer pan en una cena siempre está mal» no tienen el mismo fundamento.
Si desconoces el motivo de una indicación sanitaria, acláralo antes de cambiarla. No saber explicarla todavía no demuestra que sea innecesaria.
Con las reglas que te impones, puedes examinar si siguen cumpliendo una función útil. También las que llegan con un vocabulario más amable: «debería disfrutar de todo», «tengo que saber escucharme» o «ya no tendría que preocuparme por esto».
Cambiar las palabras no evita que puedan convertirse en otra obligación.
Una forma sencilla de examinar una regla
Escoge una frase que utilices y trata de explicar su motivo como si alguien te preguntara por qué la sigues.
Por ejemplo: «Todas mis cenas tienen que ser ligeras».
¿Qué quieres conseguir con eso?
Si buscas ajustar la energía que tomas, necesitas orientación sobre cantidades y composición. Si quieres que la cena te siente mejor, habrá que concretar qué preparaciones te resultan adecuadas. La palabra «ligera» no resuelve por sí sola ninguna de esas tareas.
Después mira si la regla te ayuda a conseguirlo.
Puedes descubrir que necesitas precisarla, adaptarla o sustituirla. También puedes confirmar que sigue siendo útil. Revisarla no obliga a descartarla.
Lo que debería quedar más claro es qué vas a hacer y para qué.
Si al buscar el motivo solo encuentras «no sé por qué, pero tengo que hacerlo», puedes dejar de tratar esa frase como una explicación suficiente. Hay algo que merece aclararse antes de seguir obedeciéndolo en cada comida.
Fuente: Westenhoefer J, Stunkard AJ, Pudel V. Validation of the flexible and rigid control dimensions of dietary restraint. International Journal of Eating Disorders. 1999;26(1):53–64.
Un artículo muy nutritivo, redactado y elaborado por una gran profesional a la que tengo que agradecer mis cambios de hábitos y mi cambio de vida. El saber para qué haces las cosas es fundamental para conseguir tus objetivos y si a eso añades el acompañamiento y las herramientas que te da Belinda todo se puede conseguir .
Muchas gracias por tus palabras y por compartir tu experiencia. ❤️
Me alegra muchísimo saber que lo que hemos trabajado juntas te ha ayudado a introducir cambios tan importantes en tu vida.
Como bien dices, entender para qué hacemos las cosas puede cambiar mucho nuestra manera de afrontarlas. Pero las herramientas y el acompañamiento son solo una parte del camino. Después está todo lo que tú has ido poniendo en práctica, a tu manera y en tu día a día.
Gracias por tu confianza y por compartirlo aquí. Un abrazo grande.